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La mácula / Rosa Beltrán Imprimir E-Mail

Un día sentí el llamado. Santa Clara lo sintió tras varios encuentros secretos con Francisco, Santa Bernardita luego de las apariciones de la Virgen, y el de San Lorenzo fue tan fuerte que durante su martirio exigía que lo tostaran más aún en su parrilla. Acababan de construir la parroquia de Santa María de los Apóstoles, en Periférico y Av. Pedregal (hoy Renato Leduc), a dos cuadras de mi casa. Tenía siete años cuando la inauguraron y recuerdo la ilusión con que los tlalpenses asistieron a la primera misa oficiada en esa iglesia de arquitectura desafiante. Mi madre era católica entonces, así que hicimos fila para saludar a monseñor Reynoso, el párroco. Por primera vez me enfrenté a una escena que no he olvidado: con asco y fascinación vi cómo algunos de los fieles formados frente a mí le besaban el anillo. Yo me limité a darle la mano. Tras aquella misa, regresé a mi casa sintiendo lo mismo que después de cualquier evento social: nada.

      Pero unos días después percibí el llamado. Una furia demencial, incontrolable, me hizo escapar de mi casa, asistir a una misa y comulgar, para sentir a Dios en mi corazón. Había practicado con mis primas el acto de la comunión. En el jardín nos poníamos hojas secas en la boca y hacíamos el esfuerzo de no masticarlas durante un buen rato. Así que fue fácil comulgar, hincarme con devoción en mi sitio y esperar a que la hostia se derritiera.
      Llegué a mi casa exultante, a contarle a mi mamá que había recibido a Dios. Mi madre se enfureció y me advirtió que eso cambiaba las cosas en la próxima celebración para la que mi hermana y yo nos preparábamos. Para ella, todo seguiría igual. En mi caso, no podría hacer la primera comunión de blanco, puesto que no era la primera.
      Mi madre nos mandó hacer los vestidos con las hermanas solteras de una tía que siempre se vestían de negro y cuya casa, antigua, olía a humedad. Recuerdo que escogieron para mí una tela de colores de inspiración floral (y pagana); en el caso de mi hermana, harían una réplica idéntica al vestido de bodas de mi mamá.
      El día de la primera comunión mi madre despertó a mi hermana mucho más temprano. La bañó, le acercó la ropa interior y la peinó de bucles con unos trozos de tela tomados de una sábana. Le aplicó un poco de su perfume, le puso el vestido y la dejó sentada e inmóvil, como una muñeca antigua. Yo me puse el vestido corto con la cinta que se anudaba por detrás, me senté junto a ella y quedé viendo mis zapatos. Ya en el convento, antes de la ceremonia, tras la que se servirían tamales y chocolate, mi hermana les dijo a las monjas que quería hacer pipí. Solícitas, dos de ellas la acompañaron y la mayor me hizo señas de que también debía ir yo. Recuerdo haber pensado que seguramente las monjas creían que yo era el paje, pues me dieron el misal y la vela de mi hermana para que los sostuviera. Ya en el excusado, al ver cómo una religiosa tomaba el vestido de un lado y la otra del otro mientras mi hermana se inclinaba a orinar sin tocar la taza, recuerdo que pensé: «Eso es una reina».
      Poco más recuerdo de mi primera comunión. Hubo una misa, un desayuno, regalos para mi hermana, hubo estampas que se repartieron entre la concurrencia. Lamento haber perdido el misal con cubiertas de concha nácar, porque me gustaba mucho. Es difícil guardar ese tipo de objetos cuando, a muy pocos días de haber entrado, Dios se sale de tu corazón.



 
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