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Despierto tarde / María Cristina Martínez Mendoza Imprimir E-Mail

Preparatoria 6 / 2017 B

Suena la alarma, mi cabeza duele. Solamente abrigo la mano en dirección del teléfono para apagarlo. Es extraño, todo está demasiado callado. No hay seña de los habituales sonidos que hay usualmente a esta hora en casa.
      De repente, escucho algo romperse en la cocina, no sé lo que es; tal vez, después de todo, ahí están mis padres. Con cuidado me dirijo al que me parece el origen del sonido: hay un plato roto en el suelo de la cocina, pero no está nadie. De pronto, por alguna razón, levanto la mirada y veo la silueta de un hombre alto y corpulento. Es imposible que sea mi padre.
      Bastante nervioso y ya algo asustado me dirijo a la habitación de mis padres, mas la escena con la que me encuentro me deja completamente paralizado. La habitación está hecha un desastre: hay cosas esparcidas por el piso de la habitación, las cortinas están rasgadas y al acostarme en la cama encuentro los cuerpos de mis padres rodeados de sangre, masacrados, casi desmembrados.
      Repentinamente, un brazo rodea mi cuello, tratando de estrangularme. Desesperado, forcejeo intentando soltarme, cuando lo consigo caigo al suelo. En un intento por levantarme me doy cuenta de que mi agresor es el mismo hombre que vi en la cocina minutos atrás. Aprovechando que me encuentro en el piso, el hombre se abalanza sobre mí, con un cuchillo en la mano, más que dispuesto a asesinarme, y yo, tratando de sobrevivir, alargo la mano en busca de algo con qué poder defenderme. Finalmente, cuando pareciera no haber esperanzas para mí, consigo tomar un trozo de florero roto y lo hundo con fuerza en su vientre. Inmediatamente, ambos soltamos un agudo grito al unísono, y siento un terrible dolor punzante en el vientre.
      El hombre comienza a desvanecerse, al tiempo que mi vientre sangra de forma violenta, imparable. Desesperado, comienzo a sentir cómo muero poco a poco, y mientras la vida se escapa de mi cuerpo, miro mis manos abiertas con la sangre de mis padres, mientras la herida de mi vientre continúa sangrando sin cesar.

 
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