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Polifemo bifocal / La protonovia laguense de Ramón López Velarde* / Ernesto Lumbreras Imprimir E-Mail

Polifemo bifocal / La protonovia laguense de Ramón López Velarde* / Ernesto Lumbreras

*    Del libro de próxima aparición Un acueducto infinitesimal. Ramón López Velarde en la Ciudad de México 1912-1921, Calygramma / Fonca.

Hasta hace poco, la información sobre Margarita González se reducía a unas cuantas referencias y a la identificación de un poema inspirado en ella, no obstante que se trata de la persona con la correspondencia más nutrida, después del epistolario con Eduardo J. Correa, consultada por los investigadores de la obra y la vida de Ramón López Velarde. Las siete cartas dirigidas a la señorita González, y publicadas desde la primera edición de Obras (1971), las dio a conocer Luis Noyola Vázquez en el número 7 de la revista México en el Arte,de la primavera de 1949; en la presentación de las mismas, el crítico potosino no revela un solo dato de la corresponsal, como tampoco da cuenta de la forma en que obtuvo tales documentos. Este epistolario merece algo más que un comentario. Para empezar, basta leer las dos primeras misivas para percatarse de las intenciones románticas de López Velarde para con «la perlita de Lagos», especialmente en la segunda, del 5 de abril de 1920, donde deja entrever un fino y recatado coqueteo. Para la tercera carta, del 4 de mayo, con el retrato de «su sobrinita» en poder del zacatecano, éste puede decirle: «Si viera, Margarita, cómo me acuerdo de usted, particularmente los domingos en el cine de Santa María...». O casi para concluir la epístola, advirtiendo peligros fundados en el país, se atreve a lanzar este flechazo: «A cincuenta leguas o mil, yo siempre meditaré en usted con vivo afecto y aún más, con la excelsa caridad que debemos a todos nuestros prójimos. Pero que, en realidad, sólo dedicamos a quienes se hallan junto a nuestro corazón».
      En la nota de Obras al poema «Si soltera agonizas...», José Luis Martínez trae el recuerdo de la musa de este poema, que no es otra que la muchacha jalisciense; el informante de tal dato sería el doctor Pedro de Alba, para quien Margarita González sólo fue «un capítulo de limpia amistad» que nunca trascendió en la vida amorosa del poeta. La pieza lírica en cuestión juega a dos bandas. Por un lado, marca una distancia edificante y bien intencionada: «Ante la luz de tu alma y de tu tez / fui tan maravillosamente casto / cual si me embalsamara la vejez. // Y no tuve otro arte / que el de quererte para aconsejarte». Pero, también, oblicuamente perturba esa contención y se desborda: «Porque ha de llegar un ventarrón / color de tinta abriendo tu balcón. / Déjalo que trastorne tus papeles, / tus novenas, tus ropas, y que apague / la santidad de tus lámparas fieles...». Asimismo, el editor de las obras velardianas menciona, en la misma nota, la confirmación de Jesús López Velarde, manifiesta a Allen W. Phillips, sobre la identidad femenina que inspiró el poema.
      Con un poco más de curiosidad, Alfonso García Morales repasa el mazo del epistolario con la muchacha alteña y nos pone en las coordenadas políticas del momento, así como en los cruces y guiños de ciertos versos de «Si soltera agonizas...» con algunos pasajes de la correspondencia. El mundo político, de aciagas consecuencias para López Velarde, no es otro que el de la caótica y desesperada salida del gobierno de Carranza de la Ciudad de México, tras el éxito del Plan de Agua Prieta. El pareado inicial, melodramático y cursi, «Amiga que te vas / quizá no te vea más», ¿lo escribiría en esos días neuróticos, cuando se decidía a tomar uno de los trenes carrancistas acompañando a su jefe Aguirre Berlanga? ¿O lo anotó cuando la muchacha regresó a la casa de los padres, en Lagos de Moreno, el 18 de marzo de 1920? En la citada tercera misiva del 4 de mayo, el poeta anticipa la posibilidad de que ésta pudiera ser «la última carta del año, porque es fácil que pronto quedemos incomunicados». Obviamente, la información que tiene el escritor surge del centro neurálgico de la nación —la Secretaría de Gobernación del gabinete federal—, donde colabora con figuras del más alto nivel. La encrucijada es tan grave que, el 5 de mayo, el presidente Venustiano Carranza lanza un manifiesto a la nación acerca de la delicada situación militar y política; mientras se suceden motines y deserciones en el ejército en todo el país, dos días después, el 7 de mayo, el gobierno carrancista y los dos poderes de la nación abandonan, desde las primeras horas de la mañana, la capital amenazada por los cuatro puntos cardinales; la estrategia del político coahuilense es fijar la residencia de su gobierno en Veracruz, como lo había hecho en 1914, ante la amenaza de los convencionistas.
      El poema manuscrito nunca se publicó en vida del poeta y formaba parte de los papeles que se encontraron en el bolsillo interno del saco que portaba en su última salida. Como se puede cotejar en la edición de Obra poética de Archivos, el poema escrito a lápiz no tenía título y se utilizó para el caso el octavo verso del mismo a la hora de incorporarlo a la edición de El son del corazón. Como bien apunta García Morales, en esas cartas —para ser exactos, en la tercera— el poeta le promete versos a la muchacha de Lagos: «Se me está ocurriendo componer aquello que está pendiente». En la misiva cuatro, del 11 de junio de 1920, López Velarde comparte con la señorita González la anécdota de que él intentó, infructuosamente, abordar y seguir el convoy de trenes carrancistas el pasado 7 de mayo, acompañado «como un talismán» del retrato de «su sobrinita». En la carta cinco, del 7 de julio, el poeta menciona «la desgracia de Manuel»: por asociación de circunstancias podría pensarse en el trance de Manuel Aguirre Berlanga, testigo presencial de la noche del crimen de Carranza en la sierra norte de Puebla; pero no, no es éste el personaje cuya tragedia embarga de dolor a la amiga del jerezano, como habrá de revelar, entre otras claves, un artículo del poeta Ernesto Flores, crítico y estudioso de las obras de Alfredo R. Placencia y Francisco González León.
      Publicado en el delgado volumen Nuevos hallazgos. Ensayos (2010), Flores informa que conoce y entrevista a Margarita González en 1991. En toda la extensión de la palabra, ese contacto y ese encuentro son todo un hallazgo. Se trata de una anciana de noventa y cinco años, «encantadora» y «con una memoria admirable», que pone en contexto el epistolario velardiano escrito sesenta y cinco años atrás. El nombre completo de la corresponsal es Margarita González Martín del Campo, prima de Francisco Martín del Campo González, socio del despacho jurídico que monta López Velarde —se asegura que con dinero de Aguirre Berlanga— en la calle de Madero número 1, frente al edificio Guardiola. Los dos primos son oriundos de Lagos de Moreno y sobrinos de Francisco González León, de allí el trato de «sobrinita» que el de Jerez usa para llamar a su amiga en sus cartas. Cuando se conocieron, en diciembre de 1919, Margarita era una mujer de veinticuatro años y el poeta un solterón de treinta y un junios. Ella viajaba a la capital con motivo de la boda de una prima de los Martín del Campo, comenta a Ernesto Flores, y con ese buen pretexto se quedará una breve temporada en la gran ciudad. Unas semanas antes del matrimonio, durante una posada habrá de conocer al poeta, con quien conversará y paseará por la ciudad durante los siguientes tres meses. Gracias a esa conversación de 1991, el lector de hoy identifica a Chuchita, apócope repetido en las cartas, como a Manuel y al doctor Martín del Campo, estos últimos fallecidos en el transcurso del intercambio epistolar.
      La primera era una prima segunda de Margarita, también de Lagos de Moreno, a quien trató el poeta en ese mismo periodo; en un principio, la familia del socio del zacatecano urdió labores de alcahuetería para que Chuchita y Ramón «se entendieran» y se consolaran, de paso, de sus recientes decepciones amorosas. La consoladora sería, obra de los hados venusinos, la otra laguense, la que sí contestaría las cartas después de su partida de la Ciudad de México a mediados de marzo de 1920. El difunto Manuel, de apellidos Gómez Portugal Guinchard, como también el doctor Alejandro Martín del Campo, eran parientes muy queridos de Margarita González. La partida de estos dos seres entrañables pone en un estado de depresión y tristeza a la joven, al grado de que el poeta se apresta a escribirle, el 7 de julio, en la cuarta misiva: «Las niñas bonitas no deben desear “no vivir”; eso se queda para los que somos muy malos». ¿Quiénes fueron estos dos señores? En la conversación con Ernesto Flores, «la sobrinita» no da mayores detalles de estos familiares. El primero fue un primo, muerto el 29 de marzo de 1920, a los treinta y seis años, en Aguascalientes, hijo del reconocido médico, político y humanista Manuel Gómez Portugal Rangel, casado con una tía segunda de Saturnino Herrán, Evangelina Guinchard Becerra. El segundo de los varones mencionados era padre de Francisco Martín de Campo, el médico Alejandro Jesús Francisco Martín del Campo González, nacido en Lagos de Moreno en 1856 y casado con una hermana del poeta Francisco González León.
      En la entrevista con Ernesto Flores, la anciana de Lagos de Moreno arroja más luz sobre aquellas cartas. Comenta que tuvo un acuerdo con el poeta una vez que se despidieron: solamente aceptaría recibir y contestar una misiva cada mes, como efectivamente sucedió. Confiesa que existieron otras cartas, pero que en la mudanza de su familia a la Ciudad de México se extraviaron. Según este párrafo, de la cuarta epístola, del 3 de agosto, también se habían comprometido los corresponsales a destruir sus envíos: «Según lo ofrecido, no conservo sus cartas. ¿Usted las mías? A veces pienso que si un día llegara a leerla otra persona, no sabría, quizá, explicarse el acentuado cariño de las palabras con que me dirijo a usted». Para fortuna de los lopezvelardianos, Margarita González no cumplió su palabra. Los amigos cercanos del poeta, que sí leyeron las cartas, explicaron que el «acentuado cariño» no fue más allá de un sincero afecto. ¿Qué más dirían las cartas perdidas de la señorita González? ¿Hasta cuándo duró el intercambio epistolar? En la conversación sostenida con Ernesto Flores se retoma el reencuentro de los amigos: «A mi regreso, en México, nos encontramos en una librería. Luego nos vimos poquitas veces. Como nada le había dicho a mi mamá, me pareció que yo no debía hacer las cosas formales. “Cuando venga usted al centro, avíseme” y ya. Yo le hablaba a su oficina y nos encontrábamos. Nos vimos cada dos o tres semanas. Eran reuniones de varias horas».
      Para estas fechas —deduzco que se trata de finales de febrero de 1921—, el despacho jurídico de Madero 1 ya no existe más, en buena parte debido al dilema político y legal por el que pasó Aguirre Berlanga tras la investigación de la muerte de Carranza y ciertas acusaciones de fondos públicos que desaparecieron en el fallido traslado de los trenes a Veracruz en mayo de 1920. Ahora el poeta trabajaba en un modesto cubículo en la calle de Gante 3, de la revista El Maestro,que se estaba preparando en aquel momento. Cada cierto tiempo, Margarita González marca el número telefónico 2363, toma un tranvía eléctrico o un libre y se encuentra con el licenciado López Velarde. En esos meses, en la frontera del invierno y la primavera de 1921, en la cabeza del poeta revoloteaban imágenes de la patria, una iconografía íntima y novedosa. Pero también rondaba el fantasma de Fuensanta, esa «adorable manía» que no lo abandonaría nunca: «Para darme el santo y seña, la viajera / se ata debajo de la calavera / las bridas del sombrero de pastora». Entre la patria provinciana y el más amoroso de sus espectros, ¿qué lugar ocupaba la reencontrada «sobrinita»?
      El poema «Si soltera agonizas...» lo mantuvo en proceso de escritura hasta sus últimos días. ¿El manuscrito anotado a lápiz puede considerarse todavía un borrador? Según su modus operandi, el autor gustaba de pasar en limpio las versiones finales de sus trabajos literarios, con letra clara e impecable, sin tachadura alguna. La corrección de la última palabra del penúltimo verso, donde sobreescribe «racha», apunta a que el poema todavía era susceptible de cambios y mejoras. ¿Sería el único texto que el zacatecano escribiría a la sombra de Margarita González? Por mi cuenta y riesgo agregaría un poema en prosa, «El bailarín», recogido en El minutero. Más allá de las exégesis y las correspondencias que Xavier Villaurrutia, José Luis Martínez y Alfonso García Morales han levantado en torno a las metáforas de la danza en relación con el discurso espontáneo e imprevisto de la poesía
      —idea recreada por Mallarmé y Valéry—, descubro un estímulo más mundano en el origen del poema. En la charla sostenida con Ernesto Flores, la amiga del poeta comparte la siguiente anécdota: «Un hermano mío, con su esposa, quiso que tomáramos clases de baile con un maestro de Durango, en el Princesa, creo que era. “Pero qué voy a aprender, si ni sé bailar”. “Pues precisamente, para que aprendas”. Entonces mi prima [se refiere a Chuchita] le dijo casi en secreto a mi hermano y a Víctor mi primo: “Sáquenme ustedes a bailar, porque yo con ese señor no bailo”. Y entramos al salón. Yo insistí: “Déjenme aquí”. “Yo también me quedo; mejor platiquemos”, sugirió el licenciado. Y eso fue una o dos veces más. Él era tímido, pero yo era mucho más. Yo le ganaba». En la voz de «El bailarín» se puede trazar el retrato, de cuerpo entero, de un torpe y gigantón López Velarde impedido para mover los pies con cadencia y gracia en una pista de baile; no obstante su incapacidad dancística, admira y envidia a «ese corrector honorario de lo contrahecho y de lo superfluo», asumiendo que su «ditirambo, ¡oh bailarín!, es el fervor de un lego que no sabe bailar».
      Cuando la muerte llega al departamento de la familia López Velarde, prudente y conmovida, Margarita González aguarda el momento para hacerse presente. Acompañando a su primo Francisco Martín del Campo, realiza la visita de rigor: «Conocí su casa cuando fuimos a dar el pésame a su mamá. Era una casa sencilla, bien arreglada. Se veía que tenían buenas cosas. Hace poco hicieron en ella una biblioteca, según supe. Se me hizo difícil volver desde entonces. El doctor Jesús López Velarde nos invitó un día a comer, pero sólo después de la muerte del licenciado». Como las otras novias del poeta, «la perlita de Lagos», la «querida sobrinita», también se mantuvo soltera, «endiosada en su propia infecundidad», como el bailarín admirado al centro del salón por una pareja de amigos que no sabían bailar.


              rlv, Obras, p. 859.

        Idem.

        Idem.

        Ibid., p. 860.

        Nacida en 1895, hija menor del abogado Carlos María González de León (n. 1858) y de María Cleofas Martín del Campo García (n. 1864). Murió en la Ciudad de México el 2 de noviembre de 1993, a los noventa y ocho años.

        Nacido en 1886, conoció a López Velarde prácticamente desde sus años de bachiller en el Instituto de Ciencias de Aguascalientes, para luego titularse de abogado, el mismo año que el jerezano, en la Escuela de Jurisprudencia de San Luis Potosí. También fue maderista y constitucionalista. Colaboró con los gobernadores de Jalisco Manuel M. Diéguez y Manuel Aguirre Berlanga. Como diputado por Jalisco, Francisco Martín del Campo formó parte del Congreso Constituyente de Querétaro de 1917. En 1920 se retiró de la vida política para dedicarse a ejercer su profesión. Murió en la Ciudad de México el 3 de diciembre de 1951.

        Revisando papeles, descubro que el connubio en cuestión será el de María del Refugio Martín del Campo, de veintiún años, con el joven Alfonso Rodríguez Martín del Campo. Se trata de una de las tres hermanas de Francisco. La boda se celebró el 3 de enero de 1920 en el Templo de Nuestra Señora de Guadalupe de la Paz, ubicado en la calle de Enrico Martínez. Imposible no pensar que estuvo allí, con su mejor traje y su mejor sonrisa, el poeta, que para este día llevaba algunas semanas de tratar a Margarita González.

        Durante esa posada navideña, cuenta la señorita de Lagos de Moreno que el zacatecano leyó para los invitados su poema «Mi villa » , causando una grata impresión. Ninguno de los editores de las obras velardinas ha marcado la cronología de este poema, que se mantuvo inédito hasta su publicación en El son del corazón. Si tomamos en cuenta la anécdota relatada es dable ubicarlo como escrito en 1919.

        rlv, op. cit., p. 861.

     El árbol genealógico de los Gómez Portugal se remonta a finales del siglo xvi en esa zona del país, antiguo territorio de la Nueva Galicia. El padre del doctor Gómez Portugal Rangel fue en su época gobernador de Aguascalientes y cercano colaborador del presidente Juárez. El médico era considerado «el primer cerebro de los librepensadores de Aguascalientes », a decir de otro colega, el también aguascalentense Pedro de Alba. Durante su paso por el Instituto de Ciencias de Aguascalientes, el jerezano tuvo como profesor en varias materias de ciencias y humanidades al doctor Gómez Portugal.

     En los manuscritos y papeles que presentó José Luis Martínez para la edición de la Obra poética de Archivos se incluye un oficio dirigido al C. Lic. Ramón López Velarde, expedido por la Junta de Beneficencia Privada de la Secretaría de Gobernación, con fecha del 13 de mayo de 1919. El documento, consignado por Martínez con el número 19, lo firma un A. M. del Campo en calidad de secretario de dicha Junta. ¿Se tratará del doctor Alejandro Martín del Campo? Su hijo Francisco, el socio del bufete jurídico del poeta, sólo tiene un nombre de pila, por lo que descarto que sea él quien haya firmado el oficio en cuestión. Este tipo de cargos, muy posiblemente honorarios, recaían casi siempre en personas de edad y de conducta ejemplar. En ese documento se notifica a López Velarde que será «el representante jurídico de la testamentaría del señor Félix Cuevas » , empresario exitoso y filántropo, muerto el 31 de marzo de 1918.     

     No especifica el momento del traslado de su familia, pero asegura que ya se encontraba en la capital durante la agonía y muerte de su amigo, el 19 de junio de 1921. La amiga regresó a la Ciudad de México y seguramente retomó sus paseos y sus visitas al cine Tívoli, ubicado en una acera de la Alameda de Santa María la Ribera, jardín público que siempre trajo al poeta recuerdos de su alameda en Jerez.

     rlv, op. cit., p. 882.

     Flores, Nuevos hallazgos, pp. 48-49.

     rlv, op. cit., p. 255.

     Flores, op. cit., p. 40.

     rlv, p. 310.

     Ibid., p. 311.

     Flores, op. cit, p. 49.



 
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