Los zapatos hacen al hombre / David Unger

 

para David Campbell y Joseph Lingad

Cuando Rick murió de cáncer de páncreas, su esposa Gina me dio siete pares de zapatos suyos. Yo no anhelaba el calzado de Rick, pero éramos de la misma talla —diez— y su esposa se rehusaba a darle los zapatos a Robert, su cuñado, que les había echado el mismo ojo voraz que a toda la ropa fina que él había dejado. Así fue como heredé las botas Cole Haan, los mocasines cafés, los zapatos de cordobán y los wingtip de Rick. Todos estaban preciosamente fabricados; algunos a mano. Todos eran caros.
Aunque no eran gemelos, los hermanos eran más o menos de la misma talla, aunque no de la misma estatura. Definitivamente, no eran del mismo carácter. Gina no tenía ninguna intención de darle a Robert los zapatos de su esposo. Hay límites en la caridad hacia la familia política.

Rick había sido director de una agencia de servicios sociales sin fines de lucro en Minnesota, y tenía un buen salario. En vez de comprar carros de lujo y casas cada vez más grandes, Rick consentía sus gustos finos. Poseía un hermoso reloj LeCoultre con el mecanismo original. Los armazones de sus lentes eran de Oliver Peoples. Amaba las plumas Waterman, las brochas de rasurar de castor inglés y las hermosas corbatas de seda excepcionales. No era quisquilloso para vestirse, sino que adoptaba una tranquila elegancia, como la de un ejecutivo cuya agencia atendía clientes con gran dificultad en St. Paul.
La elegancia de Rick se debía menos a la vanidad que al placer. Lo que más valoraba era ser distinguido. Usaba suéteres de casimir en invierno y camisas de lino y algodón egipcio en verano, todas cuidadosamente ajustadas a su talla. Pero sobre todo estaba obsesionado con los zapatos. Eran exquisitos, y se ajustaban a sus pies como guantes de niño.
Y ahora eran míos.

Conocí a Rick cuando fue orador invitado en una convención de servicios sociales en Columbus, Ohio. Nos volvimos bastante cercanos. Siempre que él y Gina venían a Nueva York, que era al menos dos veces al año, cenábamos juntos. Como viajaba con viáticos, Rick siempre pagaba la cuenta. A nosotros nos tocaba seleccionar restaurantes y llevar a Rick y Gina en nuestro carro por toda la ciudad. Reíamos mucho juntos. La risa selló nuestra amistad.
Su muerte fue terrible, y todavía le guardo luto.

El temor más obvio al ponerse los zapatos de otro podría ser que uno empieza a actuar como esa persona, como si uno se «pusiera en sus zapatos». Esto no me pasó a mí. Continué siendo yo mismo, hasta donde pude ver. Solamente mi calzado se volvió mucho más notable. Comencé a pensar que mis Thom McAn y mis Bostonian eran zapatos sin vida, aburridos, sin carácter, utilitarios y casi pedestres. Los zapatos de Rick tenían alma y obtenían exclamaciones siempre que me los ponía.
Soy un trabajador social de Nueva York con ingresos limitados, pero sus zapatos me dieron estatus. Cuando visitaba clientes me sentía como Elton John. Todo a causa de los zapatos de Rick.

Como consecuencia de esta herencia, comencé a buscar zapatos de segunda mano luego de mandar reparar las suelas y tacones de los de Rick. Al hablar con los zapateros, en su mayoría latinoamericanos, descubrí que sus esposas iban en autobús a Filadelfia o a Hartford para comprar zapatos que necesitaban reparación. Hablando con sus esposas (cuyos propios zapatos eran feos y sin forma), me enteré de que había un gran grupo clandestino de compradores de zapatos que viajaba por la costa este para adquirir zapatos desechados.
¿De dónde salían estos zapatos? Algunos venían de tiendas departamentales adonde los clientes los devolvían después de utilizarlos unos días, o de tiendas de segunda mano sobrecargadas de donaciones de recién fallecidos. Los Volunteers of America y el Salvation Army organizaban subastas mensuales de zapatos, generalmente los miércoles por la tarde.
 Los hombres compran trajes, camisas y pantalones en las tiendas de usado, pero rara vez zapatos.
Carina, mi proveedora de Harlem, era incluso más emprendedora e imaginativa. Establecía buenas relaciones con los enterradores que expresaban un morboso interés por los zapatos de los muertos, y se los pedía audazmente. Las viudas no podrían imaginarse llevando los zapatos de sus esposos a las tiendas de segunda mano.
Carina también contactaba a los empleados de hospitales y asilos de ancianos.
Al principio, mi esposa se horrorizó con mi hábito de compra de zapatos usados. Pero cuando llegué a casa con un hermoso par de Kenneth Cole de veinticinco dólares —nuevos tacones y suelas, agujetas espagueti, pulidos impecablemente— comenzó a aprobarlo. Su escepticismo se redujo incluso más cuando me puse estos zapatos y vio cómo mis pantalones flojos se transformaron. Estaba feliz de que yo no tuviera que pasar por el tormento de ahormarlos y moldearlos, algo que odiaba tanto que me rehusaba a comprar zapatos nuevos y mejor reparaba las suelas de los viejos tres o cuatro veces, hasta que la parte de arriba estaba tan raspada y dañada que el propio cuero se colapsaba.

 

Sé que hay muchos proverbios sobre ponerse los zapatos de otros: la idea de meterse en los zapatos de otros, seguir los pasos de tu padre, volverse tan poderoso como el dueño original de los zapatos. Sé también que ser golpeado con un zapato es un colosal insulto musulmán (yo nunca le lanzaría los zapatos de Rick a nadie).
Los afroamericanos tienen muchos mitos y prohibiciones muy bien documentados sobre ponerse los zapatos de los muertos; temen que todas sus debilidades suban hacia el cuerpo desde las suelas —no sólo las debilidades, sino también las enfermedades y manías. Lo último que necesito es tener los problemas de otro ocupando mi cuerpo.
Las mujeres afroamericanas nunca les compran zapatos a sus hombres por el miedo a que caminen para irse y no volver.

Mi cacería se volvió una obsesión. No fui a los tiraderos ni a los basureros en busca de zapatos abandonados. No me sorprenderían nunca abriendo bolsas de plástico o buscando ávidamente en botes de basura. Nunca fui a templos budistas para robar zapatos. Tengo dignidad.
Nadie, más que mi esposa, conoce mi hábito.
Con el tiempo he desarrollado un aprecio lascivo por los zapatos: sé que muchos hombres admiran los pechos, piernas, pies y todas las otras partes del cuerpo de las mujeres, pero mi único fetiche es mi obsesión por los zapatos de hombre.
Ni siquiera me atraen los pies.
Pura suerte genética, supongo.

Cuando muera, quiero que me embalsamen en lino blanco. Quiero que mi cabeza esté descubierta y mis pies expuestos, descansando en un cojín de seda blanca, como si yo estuviera a punto de meterme a un río hacia el paraíso. Me gustaría tener al menos cinco pares de zapatos de Rick en mi ataúd, para celebrar las muchas calles que he caminado y para que me recuerden a Rick.

Mi trabajo requiere caminar mucho. He entrado a hogares llenos de una pobreza inexpresable; he visto ratones mordisqueando cunas, agua helada saliendo a borbotones de tuberías rotas y aliento que se congela. Mis pies se han sentido atónitos en momentos como éstos, envueltos como están con los calcetines y los zapatos más cálidos, incapaces de expresar su compasión.
En algún lugar leí que Marilyn Monroe dijo que si le dan a una chica los zapatos correctos, conquistará el mundo. No voy a conquistar ningún mundo, yo sé, pero con zapatos hermosos me aseguro de que me noten, aunque eso suceda solamente dentro de mi cabeza.
Cuando ahora entro al edificio donde está mi oficina en la calle Orchard, la gente mira hacia abajo, a mis zapatos, felizmente. No es para evitar las franjas de piel estampadas en mi cara como la bandera de Polonia. Después de los 45 años, ya no me siento cohibido por las innumerables operaciones que me han hecho en la cara ni por la manera en que la gente se me queda viendo.
Gracias, Gina, pero, sobre todo, gracias, Rick.

Traducción del inglés de Héctor Ortiz Partida y Víctor Ortiz Partida